La moda mexicana, rezagada como expresión artística

Se ha anunciado la subasta de la única colección de moda en México al extranjero. ¿Cómo cambiar el panorama y la percepción de la moda en nuestro país? Un análisis.

Por Loyda Muñoz

Rodrigo Flores, un nombre que pocos asocian a la moda, pero que expertos en etnología y antropología conocen por ser el único coleccionista de esta disciplina en México, ha sido noticia recientemente. Y no es para menos: su acervo es único en nuestro país y en Latinoamérica, ya que recopila alrededor de 1500 prendas y accesorios del siglo XVIII al XX. Sin embargo, hace poco, en entrevista con el periódico Reforma, reveló que a finales del año subastaría dichas piezas en Nueva York.

No se trata de un acto atroz, sino de un reflejo de la percepción de la industria en nuestro país. “Ha llegado el momento de encontrar un destino y desafortunadamente no pudo ser en México”, reafirmó el coleccionista después de admitir las dificultades que representa conservar y resguardar las prendas. La razón primordial de la subasta es que no ha encontrado a ningún coleccionista, organización, empresario ni museo interesado en el país para adquirir este acervo que incluye cuatro vestidos de Charles Frederick Worth (padre de la Alta Costura), vestidos de época de la Emperatriz Carlota y de Porfirio Díaz, atuendos de María Félix firmados por Lanvin, Oscar de la Renta y Cristóbal Balenciaga, entre otros.

¿Acaso los vestigios de la vida cotidiana en forma de vestidos no son dignos de conservarse? ¿La moda no responde a un relato sobre el pasado, el presente y el futuro de una sociedad? ¿Por qué, si la industria ha crecido significativamente en los últimos años, aún no podemos considerarla parte de nuestro imaginario social? Han Nefkens, coleccionista y mecenas afirma que “falta determinar si hay moda que de verdad pueda tener una función en los museos, que tenga algo que expresar mas allá de su interés como vestido”.

Moda y arte, la paradoja
Al igual que el arte, las colecciones de moda requieren de cuidados específicos, tratamientos de conservación y mantenimiento constante para tratar de frenar los daños del tiempo. Aunque, fundamentalmente, requieren de un reconocimiento del objeto como una obra u objeto —y no un simple vestido— digno de ser conservado por su categoría trascendental para comprender un momento histórico determinado. Sin embargo, es vital entender que si bien los límites de la moda y el arte han sido cuestionados por diseños que se alejan del prêt-á-porter y se acercan más a un proceso creativo complejo, ambas disciplinas responden a campos distintos.

Ambas son expresiones artísticas, pero la moda responde al uso, el arte, a la admiración. Además, la primera ha quedado rezagada en la “frivolidad” y el arte, en la “estética”. Ya lo decía Marc Jacobs, “nuestro trabajo sólo tiene sentido cuando alguien lo lleva puesto. Hago ropa, bolsos y zapatos para que las personas los usen, no para colgarlos en una pared y admirarlos”. Aun así, en las ultimas décadas, la pertenencia de una disciplina con fines comerciales en un recinto dedicado a la conservación de las bellas artes —es decir, los museos— ha generado un diálogo que cuestiona el estatus de la moda y que tan relevante es conservarlo .

Paradójicamente, The Costume Institute y The Metropolitan Museum of Art en Nueva York son instancias que han cuestionado las normas del espacio museístico con exposiciones dedicadas a couturiers como Chanel, Balenciaga, Viktor & Rolf y claro, Rei Kawakubo. No se trata de una selección arbitraria, sino de una filosofía y comprensión que data de 1937, cuando se creó el instituto.

A partir de entonces, y bajo la curaduría de Diana Vreeland desde 1959 hasta su muerte, adquirieron más de 35 mil piezas de accesorios, atuendos y zapatos de diseñadores de los cinco continentes, de siete siglos consecutivos (desde el siglo XV) y que marcaron un precedente en la historia de la moda. Así, hoy son un referente para aquellos que buscan una perspectiva que se aleja de la antropología y que, en cambio, se centra en los acabados, en la construcción, en los diseños.

No es el único: Museo Cristóbal Balenciaga (País Vasco), Museo del FIT (Nueva York), Fashion History Museum (Canadá), Museu del Disseny (Barcelona), Mode Museum o MoMu (Bélgica) o Victoria & Albert Museum (Londres), por mencionar sólo algunos. Cada uno de ellos cuenta con colecciones vastas, con una visión cronológica, pero también de resimbolizar el atuendo como parte del imaginario social y cultural.

En México no existe un museo dedicado a la historia de la moda nacional. Existen atuendos de personajes históricos y piezas rescatadas como curiosidades en museos de historia, en colecciones privadas (como la de Rodrigo Flores) y memorias de épocas pasadas. El arte de la indumentaria y la moda en México, 1940-2015, expuesta en el Palacio de Cultura Banamex, quizás una de las exposiciones más ambiciosas en el campo y que tuvo préstamos de la colección de Flores, fue un intento por reivindicar la vestimenta como una influencia en la foto, en el cine, en la pintura y un síntoma de la realidad del día a día.

Resulta paradójico: nuestro país tiene coleccionistas de arte contemporáneo relevantes y una escena de artistas, arquitectos, diseñadores vitales para comprender el siglo XXI. Aún así, sólo un coleccionista que sabe mirar lo fundamental que es el brocado de Dior en un chaleco, los diseños firmados por mexicanos en el siglo pasado.

Sin embargo, la falta de instituciones especializadas en esta área repercuten en la percepción de la misma. La Cámara Nacional de la Industria del Vestido (CANAIVE) se centra en ver hacia el futuro, en identificar factores críticos y desarrollarlos, en hacer prospecciones y estrategias. ¿Cómo mirar hacia adelante si no valoramos lo que nos ha traído hasta aquí?

La moda nacional se encuentra en un momento histórico: el talento local genera propuestas interesantes, el mercado ha crecido considerablemente (un 55% según Business of Fashion), cada vez son más las plataformas que impulsan las marcas con sello nacional y la filosofía de consumir local ha tocado todas las áreas de la economía. Lo anterior, comparado con la subasta en el extranjero de la única colección de moda del país, parece una realidad ajena y extrañamente no lo es. La moda es vista como un mero bien de consumo que caducará en un par de meses.

¿Qué hacer, qué decir? Crear organismos capaces de preservar la memoria histórica de la moda, formar un pensamiento crítico a través de una nueva visión de la vestimenta y valorarla como una forma de expresión tan valiosa (en cuanto a valor simbólico, no monetario) como un mural, como un cuadro, como arte sin que tengamos que declarar que lo sea. Empezar a construir desde ahora una institución que no vea la moda con desdén, sino con admiración.

Y, claro, primero que nada, no permitir que esta colección se nos escape de las manos para, en el futuro, mirar hacia atrás arrepentidos por lo que hemos perdido.

 

 

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