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Sobre la mujer que queremos ser

Al mirar lo que pasaba en Hollywood con Harvey Weinstein, Kevin Spacey y otros directores, actores o productores de la industria, el surgimiento del movimiento #MeToo y las acciones en eventos públicos, para girar los reflectores a las historias y no al escándalo, muchas mujeres en el mundo decidieron tomar una mirada más profunda a su realidad y entonces, un hashtag resumía la cotidianidad del género como un todo: la violencia lo había trastocado todo.

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En un corto tiempo, el movimiento #MeToo llegó a México. Karla Souza, en una entrevista con la periodista Carmen Aristegui, decidió dejar un precedente y hablar sobre la agresión que había vivido, pero contrario a lo que sucedía en Estados Unidos, la actriz prefirió omitir el nombre del agresor. Desde ese momento, un público ávido por opinar se dividió en dos: quienes aplaudían el valor de Souza y quienes la acusaban por no señalar a nadie. Poco importa si fue correcto o no, lo que angustia es el fondo, es esa historia (y las que se sumaron) que, de a poco nos parece —terriblemente— común.

 

Así, ha comenzado marzo. Ese mes que en su calendario alberga un día icónico: el 8 de marzo. No, no se trata de un día de celebración. Tampoco de un día en el que las mujeres son el centro de atención. Es un día para la memoria, para recordar cómo el camino hasta aquí y hasta las libertades que ahora están en nuestras manos, no se ha terminado de labrar. De hecho, #MeToo (y todos los movimientos que se han generado, las marchas, los paros) es un recordatorio para que replanteemos esas conversaciones que creíamos superadas y las repitamos hasta que se agoten, hasta que ya no haya un resquicio de duda.

 

No será fácil, nunca lo ha sido. Sin embargo, las mujeres de 2018 —y todas las que vienen detrás de esta generación— cada vez temen menos, levantan más la voz y hacen visible lo que estaba normalizado. Ahí hay un comienzo que marca un camino sin retorno para preguntarnos qué queremos para nosotras en el futuro, qué tenemos que hacer para llegar a esa realidad. Y, sólo entonces, empezar a caminar, a jalar, a derrumbar si es necesario, a ser valientes.

Cuando éramos pequeñas, el mundo se centraba en preguntarnos qué queríamos ser al crecer. Las respuestas, típicamente, se centraban en un intento de materializar sueños, en ese sentimiento único que nada ni nadie podría detenernos. No obstante, quizás la pregunta estaba mal planteada y lo que debíamos cuestionarnos era qué mujer queríamos ser al crecer. Esa respuesta también debería tocar lo onírico, lo imparable y cuando el presente se materializara, pudiésemos mirar al pasado para ver que cumplimos la promesa de ser libres, independientes, esas mujeres que nos inspiraban.

 

Estamos frente a frente, este es un momento decisivo y lo hemos tomado como nuestro. Aquí hay cada vez más mujeres, cada vez menos miedo. ¿Qué sigue? Lo sabremos en la andanza, pero de inicio, a cada quien le toca hacer esfuerzos que sumen a lo colectivo, abrir el diálogo sobre temáticas difíciles para algunas, invisibles para otras y ser ellas, las que siempre quisimos ser.