¿Cómo sería El diablo viste a la moda en 2016?

Después de diez años, la moda es distinta en casi todo sentido. Hacemos una reflexión de los supuestos que esta película planteó en 2006 y cómo, actualmente, son otros.

Por Loyda Muñoz

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“¿Esta cosa? Oh, bien. Entiendo. Tú crees que esto no tiene nada qué ver contigo. Vas a tu clóset y escoges, no sé, ese suéter viejo de color azul, por ejemplo porque quieres decirle al mundo que te respetas demasiado como para interesarte por lo que usas. Pero lo que no sabes es que ese suéter no es sólo azul. No es turquesa. No es azul ultramar. Es en realidad, cerúleo. Y además, poco te importa el hecho de que en 2002, Oscar de la Renta hizo una colección de vestidos cerúleos. Y luego, creo que fue Yves Saint Laurent si no me equivoco, el que hizo chaquetas militares cerúleas. Creo que necesitamos una chaqueta aquí. Luego, el cerúleo apareció rápidamente en las colecciones de ocho diseñadores. Y después, se fue filtrando en las tiendas departamentales para luego ir a parar a un trágico rack de rebajas donde tú, sin duda, lo sacaste de un canasto de liquidación. No obstante, ese azul representa millones de dólares e incontables empleos y es cómico que pienses que tomaste una decisión que te exime de la industria de la moda cuando de hecho, estás usando un suéter seleccionado para ti por la gente de esta sala de entre un montón de cosas”. —Miranda Priestly.

La moda es una disciplina que cambia constantemente (cada seis meses, para ser exactos). La industria de la moda, por su parte, no lo hace a la par de tendencias sino de acuerdo al entorno social, económico y político. Sin embargo, en la última década ha sufrido cambios que la han obligado a modificar paradigmas que datan del siglo XIX.

En 2006, El diablo viste a la moda ofrecía un vistazo a un mundo sobre el cual se especulaba mucho y que se consideraba banal. Todo se trastocó: las figuras del editor, del asistente, del periodista, pero también la percepción que se tenía sobre la industria. A 10 años de su estreno, es un filme de referencia sobre la disciplina, pero, ¿dichas figuras perpetuadas podrían ser las mismas en 2016?

Miranda Priestly (Meryl Streep), editora de Runway —la primera inspirada por Anna Wintour y la segunda, un símil de Vogue— aparece como una mujer despiadada, aunque irremplazable; sólo sonrió una vez ante la colección de Tom Ford en 2001 y es una experta en lanzar abrigos sobre el escritorio. Aunque, ahora se enfrentaría al See Now, Buy Now que Burberry anunció en 2015 como su nueva forma de hacer pasarelas y, con ello, una mueca de la editora implicaría detener todo el proceso de manufactura. O no.

Sin duda, un elemento que transformaría el desarrollo de la película es la tecnología. Dentro y fuera de la moda, este componente cambió la manera en la que nos relacionamos con el exterior, sin mencionar que un smartphone hoy es suficiente para resolver algunas actividades cotidianas —Andy (Anne Hathaway) hubiera podido recoger las mascadas de Calvin Klein con un Uber—.

No obstante, la revolución 3D, liderada por Iris Van Herpen, cuestionó la manera en que tecnología y moda podían mezclarse sin dejarse obsoletas la una a la otra. En 2013, se imprimió el primer vestido, ¿qué significaba esto para la moda? Que existía un aparato que podía replicar cualquier bolso de Chanel, pero nunca sería uno en realidad. Eso resolvía el paradigma y configuraba una fusión que las maisons han aprovechado para la alta costura, por ejemplo.

Ante dicha fusión entre lo artesanal y lo tecnológico, Miranda se enfrentaría a colecciones que se alejan de la estética atemporal de Valentino, Rodarte o Dior y que se acercan más a una construcción cuasi arquitectónica como la que proponen Viktor&Rolf o la pionera de la moda impresa, Van Herpen. Además, es probable que algunas prendas del vestuario de las protagonistas saliera de una impresora y no de una boutique en la Quinta Avenida.

El personaje central, Andy, es también una de las figuras que expone la percepción general acerca de la industria por parte de los outsiders. Ella es periodista y, desde que inicia como asistente de Miranda, la moda le parece vacía, incluso se mofa de aquellas que pertenecen a este mundo (“clackers”). Andy quiere hacer periodismo “serio”, pero comienza a poner en perspectiva ese término cuando Miranda resume lo complejo de todo ese constructo al tratar de elegir entre dos cinturones aparentemente iguales.

El hecho es que no cualquiera puede hacer moda. Es algo que se repite una y otra vez ante un fenómeno aparentemente imparable: el blog. Desde la aparición de The Blonde Salad de Chiara Ferragni, se estima que a diario se abren 120 mil más. Pero, ¿qué es lo que una blogger le suma a la moda? Regularmente, no más que instantáneas con las piezas it del momento y un margen de ventas favorable para las marcas, aunque es probable que Miranda ya no tuviera que lidiar con modelos, sino con estas figuras que lo abarcan todo.

Una década después de El diablo viste a la moda, el periodismo de moda se ha ido especializando más y más —basta ver Business of Fashion y darse cuenta de que, para hablar de esta industria, no se trata sólo de vestirse bien— hasta llegar a una profunda comprensión de los fenómenos que la rodean: economía, sociología o historia. Así, es probable que hoy Andy, en lugar de huir de un mundo que se le presenta despiadado, se quedara para hablar de “estas cosas” desde una perspectiva distinta. Claro, sin renunciar a las botas Chanel. Y, si tienes preguntas:

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