CDMX

Roma

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Se dice que en alguno de estos rincones, detrás de una puerta —ese signo de intimidad— un joven Burroughs puso un vaso en la cabeza de su esposa y disparó, un juego, pero falló. De esta y más historias está hecha la colonia.

En sus inicios se convirtió en un hito de modernidad, del México en crecimiento, en un camino necesario para estar más cerca —en concepto, no en geografía— de Europa. En la actualidad, es inevitable pensar en el Porfiriato y en el pasado histórico del país.

 

Sin embargo, su historia es todo menos lineal. Los terrenos en los que se construyó pertenecían a Edward Walter Orrin, dueño del Circo Orrin, quien en sus giras por el país y la incipiente Ciudad de México se encargaba de invitar a los asistentes a conocer la colonia Roma. En 1903 su fundación se hizo oficial.

 

La Revolución Mexicana se cruzaría en el tiempo, pero la colonia no detuvo su crecimiento durante este periodo. De hecho, los carrancistas eran los principales pobladores del cuadrante. No obstante, para 1920 los cambios del país permearían en el status quo de la Roma.

 

Con dichos cambios, la arquitectura art noveau, art decó y lo ecléctico trazarían la identidad de la colonia. Así, al caminar hoy por sus calles, las fachadas con balcones franceses, casonas con enrejados con motivos florales, ventanales semicirculares impregnan la mirada.

 

Las historias alrededor de esos espacios íntimos de la colonia son variadas. Quizás porque por estas calles caminaron personajes fundamentales de la época: Leonora Carrington, Jack Kerouac, Fernando del Paso, William Burroughs —incluso asesinó a su esposa por accidente en uno de los edificios de la zona—, entre tantos otros.

 

Así, en el presente es un punto de reunión para artistas, diseñadores, amantes de la historia, aquellos que desean perderse en el tiempo mientras caminan. La colonia Roma tiene un encanto atemporal, inacabable, imposible de asir.

 

Fotos | Dano Santana