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La forma del agua

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Por qué cada vez es más difícil creer en el amor romántico? Tal vez porque en nuestros tiempos, regidos por el cinismo como postura ideológica, los ideales del romanticismo que desde el siglo XVIII han imperado en expresiones culturales populares han caído en el desuso ante una realidad desencantada.

Somos escépticos y ya no creemos tan fácilmente en el amor a primera vista ni mucho menos en los finales felices. Por supuesto siguen existiendo los románticos empedernidos, pero hoy parece más agradable la idea de conquistar con memes que con serenatas. Los melodramas lacrimógenos aún pululan en la cartelera y las comedias románticas se empeñan en hacernos reír de las barbaridades del corazón. La idea romántica sigue ahí y la seguimos consumiendo, pero ¿de verdad la creemos?

Hablar seriamente del amor es complicado, quizá por eso la protagonista de la nueva película de Guillermo del Toro es muda. Como es natural en el realizador, su más reciente largometraje, La forma del agua, es un cuento de hadas que esconde detrás de la fantasía una serie de símbolos abiertos a la interpretación, que buscan alcanzar una verdad más amplia. Con la Guerra Fría como telón de fondo, la película cuenta la historia de Elisa (Sally Hawkins), una mujer independiente que en la década de los sesenta trabaja como encargada de limpieza en un centro de investigación aeroespacial de alta seguridad, donde conoce a una criatura acuática sometida a brutales torturas, de la que termina enamorándose.

Si bien el romance entre una mujer y un monstruo no es nuevo en el cine, Del Toro (Guadalajara, 1964) propone un enfoque diferente al negarse a cambiar la esencia de sus personajes: una vez confirmado su amor, el monstruo sigue siendo monstruo y ella (casi) no se convierte en la especie de su amado. El amor no es transformación, es abrazar las diferencias del otro. Uno de los puntos destacables de la representación que Del Toro hace de esta relación es un erotismo que empareja lo sexual con lo romántico sin ignorar lo extraordinario de la situación. Sí, habrá risas nerviosas de incredulidad, pero sobre todo hay una ternura innegable hacia este idilio sobrenatural. Otra forma de amor está representada desde la amistad por parte de Giles (Richard Jenkins), el amigo homosexual de Elisa, y Zelda (Octavia Spencer), su compañera de trabajo, dos personajes secundarios que no sólo complementan la trama, sino que ocupan un espacio independiente que les otorga un valor por sí mismos. Ambas son figuras solitarias rechazadas por el amor, ya sea porque no lo han encontrado o porque permanecen atrapados en la infelicidad de un matrimonio. Elisa es el único vínculo afectivo palpable para ellos.

Todas las marcas registradas de Del Toro están en la película: la fusión orgánica entre fantasía y realidad, la presencia abrupta de la sangre y simbólicas mutilaciones del cuerpo, la subversión de personajes como el doctor Hoffstetler repitiendo la desobediencia del doctor Ferreiro en El laberinto del fauno (2006)y villanos que poco a poco van menguando en su fortaleza para revelar un trauma u obsesión que los oprime, en este caso ser parte de un sistema gubernamental del que es fácilmente prescindible. Aparentemente, La forma del agua (The Shape of Water, 2017) no tiene la profundidad política de El laberinto del faunoEl espinazo del diablo (2001) o hasta Titanes del Pacífico (Pacific Rim, 2013). Cuando en la televisión se transmiten noticias sobre la guerra, se cambia de canal para ver un viejo musical, y el conflicto entre Estados y Unidos y Rusia se limita al juego de espías, comentarios sobre la carrera espacial y el natural desprecio entre ambos países. Sin embargo, no es que Del Toro deje los problemas del mundo reducidos a la ambientación temporal, sino que opta por dar voz y protagonismo a los sentimientos en contraposición a ese contexto. En La forma del agua el amor romántico es rebeldía.

Consciente del poder universal de los mitos, Del Toro es un experto en colocar metáforas visuales y narrativas dentro de sus historias para ser interpretadas de muchas maneras. En este caso sobresalen dos: el silencio de la protagonista y la presencia del agua. Elisa recuerda que el amor se demuestra, independientemente de las palabras. Ella es quien pone en marcha la acción, la que conquista y rescata al monstruo, la que hace las cosas. Otra lectura, es la del silencio como forma de seguridad para el sistema (que nadie se queje, que nadie critique), representado en la forma de deseo sexual que atrae al personaje de Richard Strickland (Michael Shannon), quien encarna el modelo de estabilidad social estadounidense en los años sesenta: servidor público que obedece sin cuestionar, con casa propia, esposa, hijos y un Cadillac.

Por otro lado, el agua captura la esencia de la película en tres momentos: 1) la escena de introducción donde una especie de sueño acuático establece el tono de fantasía y realidad que envuelve toda la cinta; 2) el contraste de la relación que tienen la heroína y el villano con el agua: a Elisa la siguen las gotas pegadas al cristal del autobús donde viaja, mientras que a Strickland la lluvia que cae sobre el parabrisas de su coche nuevo le deforma el rostro; y 3) la escena final con la pareja de enamorados sumergidos en el mar, suspendidos en el espacio y el tiempo por un beso. Son estos detalles colocados deliberadamente los que hacen de La forma del agua, y del cine de Guillermo del Toro en general, un fenómeno, una criatura rara dentro del laboratorio cinematográfico de blockbusters.

Por último: la forma de amor más sobresaliente de todas es el amor al cine mismo. No sólo por las múltiples referencias a películas, de musicales a dramas bíblicos; o a que el apartamento de Elisa se encuentre arriba de un cine, ni tampoco aquella escena en la que los amantes se reúnen frente a la gran pantalla en medio de las butacas. El amor se encuentra en la posibilidad de que una obra como ésta, defendiendo neciamente un romanticismo que en nuestro presente parece más una reliquia, consiga hacernos creer de nuevo en el poder de la fantasía cinematográfica.