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Hablemos del género documental

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Everardo González es uno de los directores clave para entender el estado del documental como género hoy en día. Desde su película Los Ladrones Viejos: Las Leyendas del Artegio (2007) con más de 35 mil espectadores, su nombre ha sido sinónimo de una transformación innegable.

Así, está próxima a estrenarse La libertad del diablo, su más reciente producción, que explora una temática compleja: la muerte en un contexto nacional turbulento. Platicamos con él.

Luis Meza: ¿Cuál es el fundamento de La libertad del diablo?
Everardo González: La libertad del diablo es una película que conjunta un coro de voces que han sido víctimas de violencia o quienes han perpetrado la violencia y son voces que van desde las madres de los desaparecidos, pasando por las diferentes instancias de seguridad, que reflexionan en torno a qué les lleva a cometer actos atroces, si aquel que comete atrocidades merece el perdón o el castigo o la venganza. Prácticamente es una radiografía de la violencia en México.

 

LM: En La libertad del diablo hablas de la muerte, de aquellos que la provocan y la presencian, ¿cómo tratar este tema y el de la violencia sin caer en el sensacionalismo?
EG: Una manera importante para eso es acercarse con empatía genuina, no viendo esta realidad a ciegas, es decir, con una visión de lucro o como algo que es absolutamente redituable, porque genuinamente se tienen preguntas, se genera empatía con quien ha sido lastimado y de esa manera, la violencia en pantalla no tiene por qué existir, no es una película que busque vender la imagen violenta, sino cuestionar lo que sucede y por qué sucede en este contexto.

 

LM: ¿Cuál es el valor del documental en la realidad mexicana? 
EG: Los documentalistas tenemos una labor muy importante porque, al igual que muchos periodistas, somos una cara independiente y libre de lo que muchas veces mediáticamente no se dice. El documental, como un ejercicio de largo aliento que no depende de la coyuntura, permite espacios de reflexión largos, y eso abona mucho para por lo menos entender la función social que tiene el cine, la capacidad transformadora que ha tenido en todo el mundo y a comprender la realidad en la que vivimos.

 

LM: México se erige como uno de los más importantes en el género, ¿cómo llegamos hasta aquí?
EG: El documental mexicano tiene mucho eco en el mundo porque se generó todo un movimiento alrededor del género hace quince años, cuando los productores y directores empezamos a hacer documentales. Se debe también a la revolución tecnológica, pero se juntó en un momento interesante de promotores que impulsaron el documental, que empezaron a formar mejores públicos, lograron colarse a las salas de exhibición comercial y entonces, cuando ves posible que tu película sea vista crece el compromiso con el oficio. Todo esto permite hacer películas más complejas, establecer mejores compromisos, generar un gremio.

Muchas voluntades desde instituciones de gobierno, instituciones privadas, aperturas de las salas de exhibición, apertura de los festivales de cine, el trabajo, por ejemplo, de Gael García y Diego Luna que impulsaron Ambulante en todo el país, iniciativas como DocsMx, que también generó mucha discusión acerca del documental y productores que quitaron al documental de un nicho reducido, atado a la pantalla chica.

 

LM: Exhibiste tu primer documental en la primera edición de Ambulante, ¿cómo ha evolucionado tu trabajo desde entonces?
EG: Mi trabajo ha evolucionado mucho. Las preguntas que yo tenía cuando hice mi primer película no son las mismas que tengo hoy, ni el acercamiento al oficio, hay menos neurosis de por medio. Por lo pronto, el oficio me ha permitido experimentar más e indagar sobre preguntas propias, como el concepto de verdad en el documental, la posibilidad de construcción o reconstrucción de la realidad en la pantalla, el valor del montaje en una película, la relación con el otro, con aquel que es protagonista de una historia. Se ha convertido en algo más que un oficio, le estoy muy agradecido.

LM: ¿Cuál es el reto de contar una historia que no es propia, pero que de alguna modo tienes que construir en el lenguaje audiovisual?
EG: Efectivamente, las historias que normalmente hacemos son historias que le suceden a otros, es un ejercicio complejo de empezar a mirar la realidad con ojos de narrador, de encontrar cómo construir el relato partiendo de una primicia básica: la realidad no tiene drama, el drama es una construcción. Así, uno puede empezar a mirar la realidad y encontrar los elementos que llevan a construir una historia, personas que se puede convertir en personajes, tramas que no existen tal cual, pero que pueden desarrollar una película, de esa manera se puede hacer cine, por supuesto. Se dice fácil, pero en el documental no hay certezas, todo puede cambiar en un día, es puro territorio fangoso sin tierra firme, por eso se angustian tanto los productores, siempre es frágil. Un documentalista no sólo debe nutrirse de la realidad, sino de la dramaturgia, del cine, de la música para poder hacer mejores historias.

 

LM: ¿Qué sigue para el documental en México? ¿Cómo exponenciar su valor?
EG: Exponenciar su valor solamente haciendo que se vea, porque si el documental no es visto, no tiene ningún valor o quedará simplemente como un testimonio, un documento de los tiempos para que en el futuro a quien se le ocurra abrir esa gaveta, pueda descubrirlo. Eso sólo se logra haciendo que se vean las películas. El futuro no lo sé, lo único que yo veo con cierto recelo es que en general el mundo se va a nutrir con dos fuentes: Netflix y Amazon, el mundo verá lo que Netflix y Amazon quieren que veas, espero que no, pero por ahí esta el futuro, no sólo del documental, del cine.

 

Texto y fotos | Luis Meza