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Centro Histórico

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Entre hallazgos de ofrendas prehispánicas, restos de templos, campos del Juego de pelota, comercios y recintos culturales, este cuadrante de la CDMX se asimila a un corazón: vivo, latente, vigente.

Si uno se posiciona en una de las terrazas del barrio, la vista, además de imponente, revela el paso del tiempo, las cicatrices que ha dejado en las calles, en el urbanismo, en las fachadas. Allá, el Templo Mayor, la Catedral, el Zócalo o Bellas Artes. Más allá, torres de departamentos, los restaurantes de cadenas internacionales, los nuevos museos, la gente que parece no dejar de caminar.

 

Aquí conviven presente y pasado. Aquí se encuentran las raíces de México y la pluralidad que, inevitablemente, se ha empatado con el país contemporáneo. Aquí yacen en silencio los recuerdos de un sin fin de batallas, momentos históricos y paso de personajes históricos. Aquí, paradójicamente, resuenan las voces de los inconformes, de los vejados, de los que han tomado como algo simbólico manifestarse y hacerse visibles desde la plancha del Zócalo.

 

El Centro Histórico, además de ser la zona de monumentos más grande de México con casi 10 kilómetros cuadrados, reúne la historia de nuestro país. Desde Tenochtitlán hasta mediados del siglo pasado —un periodo caótico, en el que la llegada de la Universidad Nacional Autónoma de México, el terremoto del 85, el nacimiento de nuevas colonias, entre otras—, ha sido uno de los puntos más vivos de la Ciudad de México.

 

No es casualidad que sea llamado el Primer Cuadrante en la metrópoli, es que aquí sucede todo. Y por ello, la labor de rescate de la zona se ha mantenido permanentemente desde hace unos años. Caminar por la calle de Madero y la Alameda Central dejan claro que es imposible detener el tiempo, también lo es renunciar al encanto inexplicable de la zona.

 

Moneda, la plaza de Santo Domingo, la parte trasera del Templo Mayor son un deleite a la vista. Fachadas antiguas, placas que develan que los años dejan huellas imborrables, la gente que ha hecho de estas calles su cotidianidad, todo se reúne para crear la esencia del Centro.

 

A pesar de todo —y a causa de ello—, este es uno de los barrios insignia de la Ciudad de México. Tampoco es un asunto de azar, sino del patrimonio que aquí se reúne, de la riqueza de sus calles, de esa posibilidad, casi mágica, de escuchar voces del pasado, si por pura casualidad el bullicio de los vendedores, de los organilleros, de los niños corriendo o de los pasos que no paran se detiene.

 

Texto | Loyda Muñoz 
Fotos | Dano Santana